Existen aquellos días en los cuales simplemente nada sale bien; levantarse del lado incorrecto de la cama se vuelve sinónimo de esas interminables 24 horas. Sin embargo, no por ello, uno puede afrontar el sistema de manera pesimista. Más bien yo diría, que a pesar de lo negativo que nos plantea un día horrible como hoy, las palabras han corrido, fluyen, sobresalen acaudaladas en un torrente de imaginación, que me llenan de felicidad.
Hay música de fondo que se teje entre el pensamiento, la vida y la literatura. Normalmente es un rock suave el que me caracteriza, él que disfraza esta noche resumida en una triste síntesis: computadora y ser. A pesar de la negatividad de este día no bajo la cabeza porque para mí esto, este arte que llamo escribir, es felicidad.
No obstante, ayer circulé como un desequilibrado el arca de recuerdos que me cargo y entre lagos de vocablos inició a avanzar en mi mente una ideología un poco trastornada que ahora me digno a relatarles.
He llegado a la conclusión que la vida, este infierno que osamos llamar dichoso, si me permiten la adjetivación, es un teatro: un juego de artimañas. En el cual los autores y actores somos nosotros mismos. Me erijo como ser, ya que he llegado a comprender esta cruenta descripción, probablemente cierto, únicamente para mí, tal como mi madre me lo explico un día dándose cuenta que somos tan parecidos. Tal como ella, acudí a la razón y concluí que iba llegar un punto en el cual tenía que dejar de jugar esta tonta partida de ajedrez.
Mi mente se detiene ante la mentira, que como un cáncer, se atreve a devorar pedazos de mi alma. Les ruego a los demás que tomen conciencia, que analicen desde el punto de su concepción a este mundo, lo difícil y absurdo que es continuar este match de ludo. Dense cuenta que las piezas a veces somos nosotros mismos.
Anduve mucho tiempo pensando en diversas formas de quitarme la vida (en un sentido plenamente literario: quitarle la vida a mis palabras). Busqué ejemplos literarios y artísticos, revolví escritos y paradigmas y caí en la cuenta, en una resolución muy simple: el mundo ha perdido la hidalguía. Ya no existe un Cid Campeador.
Antaño, con cualquier problema, el caballero, indudable, desenvainaba la espada sin temor. Las epopeyas y cantares evocaban justas flamantes entre oponente y adversario. Los personajes peleaban por un ideal, dispuestos a morir al filo de un acero, manifestando y gritando a los cuatro vientos el alma pura.
Hoy la burocracia y política social nos ha bañado en un charco de depresiones y ansiedades. La causa número uno de muertes en occidente es la falta de comprensión del ser humano. ¿Por qué no nos podemos, simplemente, entender? Antes, ante un choque de ideologías, uno podía morir como un Quijote: defendiendo su bando a muerte, aventurándose en al amor hacia el pensamiento, muriendo por los demás. Hoy, uno cae postrado en la cama; no como lo hizo Quijote, sino como un paupérrimo ser que nunca luchó por sus ideales. Esto me duele y me agobia. Ya no pesa el título adquirido de noble; el honor se gana con las gotas de sudor que caen al suelo.
Creo que por estos motivos le tengo tanto pavor, terror, simple miedo, a la muerte. Cómo morir sin temor ha sido mi constante duda en estos últimos tiempos. Para lo cual, a método de solución, planteo un suicidio a lo Pérez-Reverte. Idealizo un plan siniestro, macabro y maquiavélico, si me lo permiten, incluso Quijotesco, para quitarle la vida a mis palabras o morir en el intento para dejar huella: un legado. Espero dar como fruto un ápice de gallardía o valentía.
De esta manera podré regalarles a mis padres el placer de tener un hijo que murió caballero. Sacrificaré los siguientes 3 años que vienen tratando de descubrir si existe un gramo de coraje arturiano en nuestra tierra y pelearé hasta el final con el corazón para buscar la felicidad en mis palabras.
Creo no poder encontrar esta utopía; más nos se puede afrontar un dilema con pesimismo. Sino de qué vale esta estúpida odisea. Con este tipo de pensamiento sería mejor quitarle la vida a mis oraciones con la antigua Beretta que mi padre guarda en el cajón; pero eso arruinaría mis hermosos rasgos.
Sería mi deseo en este momento morir defendiendo un ideal o a un ser humano o en el mar. El mar siempre me gustó, el agua siempre fue mi refugio en los peores momentos. La muerte perfecta, para mí, no sería el idealizado suspiro dentro de mis sábanas; sino, más bien navegando solitario: yo, viento y mar, y vela. La trinidad absoluta: ser, naturaleza y maquina.
Buscaré darle a mis palabras belleza o sucumbiré en el intento, buscando al borde de la oscuridad el tren de la paz, la paz en mi literatura: la vida
Así comienza mi batalla, mi expedición, mi viaje a lo Colón en busca de mi América: la muerte perfecta.
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