jueves, 11 de febrero de 2010

Todo lo que quisiera hacerle a una mujer

Eran las 6:30 de la tarde, un viernes, la gente y los patas empezaban a proyectarse la fiesta en la noche. Algunos ya tenían planes, otros fluían con el típico “ya veré que hago”. Santiago, un chico tranquilo, simpático, no muy borrachoso, se encontraba en su casa. Acababa de salir de la universidad.

Llegó, prendió la computadora y dejó que el facebook y chat hagan su magia. Santiago podía ser calificado como aquel limeño que no era muy juerguero pero que jalaba el ojo a cual sea flaca se cruzara en su camino. Camino que para Santiago había sido muy accidentado.

Los nexteles empezaban a timbrar, las mujeres impacientes en sus casas combinaban los trapos que se pondrían esa noche y los hombres se debatían impacientemente cómo terminaría el fin de aquella velada limeña.

Como cualquier hombre que piensa con el mono, todos hubiéramos querido terminar esa madrugada con una flaca entre brazos, susurrándole el floro limeño entre oído y oído, mintiéndole a aquella boca infernal acerca del amor que vilmente sentíamos en ese momento pero que a la mañana siguiente no sería más que un recuerdo vago, motivado por la bebida y la locura.

Sin embargo, Santiago tenía un problema, a él, todo ese rollo que todos los hombres vivimos para manipular a una flaca le era muy difícil. Era un hombre muy enamoradizo, no le podía mentir a una mujer así. Santiago cada vez que terminaba en una circunstancia tal como la descrita acababa por enamorarse.

Grave problema, ¿o no chicos? Hay que ser macho dirán algunos, las mujeres no valen la pena, el amor es sólo un sentimiento pasajero, somos muy jóvenes para estar pensando en esas idioteces. Y millones de excusas más que, yo, al hablar con Santiago terminé por descartar sin duda alguna. Concluí, que Santiago era el amante perfecto, el idealizador maldito, aquel que se las juega todas por las más feas.

“Como quisiera recorrer esos labios. Coger cada palabra de esa morena y guardarla en mis bolsillos. Fumarme su aliento y su perfume. Vivir en aquella mirada por lo menos una tarde. Perderme en esas curvas del mal salvo más que una noche. Tonear hasta el amanecer y cantar con ella hasta que mis cuerdas vocales estén tan tensas que requiera una operación por amigdalitis. Soñar con ese pelo y hundirme él tal como lo hacía yo en el de mi madre cuando era pequeño”

Después de escuchar las palabras de Santiago me quedé cojudo. No veía más que locura total entre tanto extremismo. Me quedé callado y solitario, aquella noche de juerga entre vasos de ron recostado frente a la barra de una discoteca limeña pude absorber las palabras de mi amigo y pude finalmente encontrar un ápice de cordura entre tanta locura.

Fieles hombres: ¿quién de nosotros no hemos deseado a una mujer así? ¿Cuántos no hemos estado dispuestos a dar todo por pescarnos a esa flaca que se nos cruza en la universidad, jalarla, llevarla a atrás de ese árbol donde probamos nuestro primer porro y desnudarla de todo sur orgullo con nuestro floro limeño.

Esa tarde viernesina, como a las 6:30, podría prometerle al lector con mucha firmeza que todos los hombres pensábamos, al igual que Santiago, las mil y un formas de perdernos entre los senos de una mujer.

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