Han pasado ya 19 años desde que llegue a este mundo llamado Lima, único en su especie, una sociedad marginalista, aquella llena de cucufaterías, víctima insensata del “qué dirán”. La vida para algunos, en esta ciudad, ha sido perfección, una risa interminable.
A ellos los felicito, antiguamente los envidiaba, los deseaba. Tal vez esa era la maldita causa de todas mis obsesiones, mis malos modales, mis rebeldías y mis miedos: la envidia y el deseo de ser como otros. Sin embargo, hoy, después de casi dos décadas de vida he llegado a la gran conclusión acerca de la felicidad en el paso por esta ciudad. Por ello, le doy gracias a esta geografía, tan dura y áspera como la cachetada de una madre, y GRACIAS porque después de las millones de pruebas que me ha impuesto el infierno limeño, después de las infinitas caídas de las cuales no me supe parar, de los dolores mentales; hoy con mucha paz de mente afirmo: “soy libre”. Libre de palabras ajenas, de envidias y del sufrimiento ajeno.
El aprendizaje ha sido lo contrario a lo fácil, chica quedará por siempre la palabra difícil. Me aferraré por un momento de la empatía y trataré de explicarles a aquellos seres que se encuentren cabizbajos, en un momento de dolor y espero que a través de mis palabras puedan encontrar un escape.
Y es así que todo comienza:
Mi familia por parte de madre fue muy adinerada; mi abuelo fue médico general de policía en los años 50 y un gran hacendado heredero de numerosas tierras en el norte peruano. No obstante, al morir, el “imperio” cayó. Lo que antaño fue color de rosa, la muerte se encargo de marchitar. 6 hijos fueron producto del matrimonio de mi abuelo y 5 de ellos no pudieron soportar la furia de su muerte, cayeron junto con él, víctimas de las drogas y las locuras se sucumbieron en un luto que, hasta hoy en día, los engloba 50 años más tarde.
A mi madre también se le vino abajo el mundo aquel día. Era la preferida del abuelo. Juntos tomaban Coca Cola hasta el anochecer en su pequeño consultorio, dentro de la casa, donde él le explico las dificultades de esta vida. Le contó que seguía casado con su madre por el simple hecho de que él no tenía la valentía de divorciarse. Le contó, también lo difícil que era para él ver a sus hijos no obtener nada en la vida por mérito propio por culpa suya, ya que toda la vida se esmeró por hacer que las cosas les cayesen del cielo a sus hijos.
Mi madre tenía 13 años y se enteró de todo esto sentado frente a mi abuelo. Hoy en día me lo cuenta con lágrimas en los ojos, con la madurez de una mujer de 50 años que a los 17 cargó en la espalda una familia entera, huérfana de padre, y ella, a pesar de la gran carga salió adelante. Fueron esas tardes, las lecciones de vida más importantes.
Muchas veces creemos que las aulas, se encuentran dentro del colegio y olvidamos inexorablemente que la vida es nuestra gran aula y que los maestros somos nosotros mismos.
Finalmente, les resumiré mi enseñanza de vida: Comiencen, nunca, lamentando sus errores; más bien aprendiendo de ellos. Olvidando tampoco sus raíces, mi madre nunca tuvo la plata para ponerme en un colegio como en el que estuve, pero eso no impidió que se endeudara por sus hijos. Y mi padre tras haber perdido el trabajo a los 50 años comenzó desde cero nuevamente, mi madre se puso a estudiar, a trabajar y juntos a luchar para que la familia saliera a adelante.
Es imprescindible saber de donde vienen y adonde se dirigen. Nunca practiquen la envidia. No le tengan miedo ni vergüenza a nada: sólo a la mentira y al robo. Defiendan su punto de vista con cuerpo y alma así signifique la muerte. Nunca sucumban a la tentación del exceso.
Soy pésimo consejero, mas todo esto lo he vivido en carne propia. He vivido las decepciones de un amigo, del odio, de las drogas, el alcohol, la maldad, el pasado y mis propios errores que me han costado numerosa lágrimas. Y he sufrido por todo ello. Pero ya no. No me importará nunca jamás lo que piensen u opinen de mí, los antecedentes que me marquen quedarán en la boca del que las repita. Y los que verdaderamente me quieran y me conozcan, conocerán y entenderán mi capacidad de amar, de convicción y de amistad.
Les regalo como última reflexión las palabras de mi madre: “El honor no se obtiene con un reconocimiento, ni con un abrazo y menos con orgullo de los demás. Uno es el arquitecto de su vida, uno sabe muy bien quién es y sólo se llega a dar cuenta cuando nota que el honor, uno, lo lleva en el corazón”.
“Soy el maestro de mi destino
Soy el capitán de mi alma”
Henley
Te prometo madre nunca detenerme a pensar en “el qué dirán” y a llevar siempre el honor en mi corazón.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario