miércoles, 18 de agosto de 2010

Poniendo las cosas en la balanza

Siempre me creí dueño de la verdad, así lo pensaba y la vida me cacheteo. Amé por encima de todo el riesgo, pues creí que si me caí me levantaría mejor que Russell Crowe en el Gladiador. Estaba convencido de que por más grande que sea la factura que me pasase la vida la iba poder costear sin importar mi bolsillo. Estaba vilmente equivocado. Tengo 19 años y la vida me ha jugado ya: una mala pasada que me puede costar muy caro. Es imprescindible tomar al toro por los cuernos y tratarle de ganarle un partido a esta difícil situación.

Las adicciones son como Lima: las amas y las odias. Son eufemismo, ironía, antítesis. Pero terminas odiándolas más que amándolas. Al comienzo piensas que las puedes controlar, que tienes ese vicio en la palma de la mano. Pero al poco tiempo pasas más momentos haciendo del desenfreno una habitualidad.

Fumé mi primer cigarrillo a los 7 años con mi primo que me llevaba 3 años. Calcula que este hijo de puta a los 10 años fumaba como chino en quiebra los cigarros de su abuela que resultó como una segunda madre para él. La situación fue más o menos la siguiente: mi primo se llamaba Alex y habíamos veraneado juntos en Paracas desde que no éramos ni meros pejes. Solíamos construir inmensas naves espaciales con sombrillas y sillas de playa e imaginarnos que vivíamos junto con los Jedis. Sin embargo, ese no es el verdadero meollo del asunto, un verano Alex regresó más enchuchado que nunca. Se creía el rey de los pendejos y yo cual huele pedos le seguía toda la corriente, le copiaba los pasos. Pues, este jijuna-timorata a mi corta edad me estafó empujándome hacia un sucio armario donde sacó unos Marlboro Rojos de la tía Teresa (su abuela). Habrá sido el 98 y en ese entonces si no me equivoco los cigarros eran tres o cuatro veces más fuertes de lo que son ahora, digamos que eran lo equivalentes a un Camel de la Calle de las Pizzas por Miraflores. Metido dentro de esas 3 paredes de adobe y una puerta de un triplay viejo fumé, aspiré bocanadas de humo horrible, viví por primera vez el sabor de la cruel nicotina.

No recuerdo a que me supo esa sustancia tóxica pero seguro me pareció tan fea que no la volví a tocar hasta los 15; donde pensé por un instante, que podía ser Bryce o Sabina o sea fumar pregonando madurez y predicando que el placer no estaba en el tonto trago sino en ese tubo de papel descarado: GRAN IDIOTA. El alcohol produce mil y un más sentimientos que un efímero cigarro. Si te fumas diez cigarros seguidos terminarás con un gran dolor de mitra pero si te tomas diez vasos de whisky vas a acabar con una gran borrachera y probablemente un gran dolor de cabeza pero por lo menos a la mañana siguiente. La cuestión me duró 15 días y volví a dejar el cigarrillo. No recuerdo cómo ni por qué pero lo dejé.

Pasaron dos buenos años y nuevamente me topé con el maldito vicio. No fueron realmente cigarrillos sino recuerdo que fue una noche panameña de noviembre, que junto con un árabe amigo de la infancia, disfruté de unos Café Crème junto con varios rones caribeños marca Abuelo: espectaculares para qué. Regresando a Lima dejé el vicio pero el sabor ya se me había metido en la sangre.

Fuimos: Junior Llanos, Jacobo y yo quienes probamos nuestros primeros verdaderos cigarrillos Lucky Strike Rojos en el techo de una casa San Isidrina. Recuerdo que fueron los golpe de suerte los que me iluminaron esa noche, pues hn sido el mejor tabaco que he probado en mi vida (tampoco es que haya probado muchos). Pero bueno, fue a escondidas de la tía, recuerdo caminar a la pequeña bodega, esa que queda en una callecita por la Calle Dasso, nuestros corazones temblaban como volcanes. Acompañamos el cigarro de una cervecita heladita y fue en este preciso momento que conocí uno de los placeres más grandes de la vida: la mezcla del pucho con el alcohol. Quien opine lo contrario miente o es ignorante. Te lo digo porque he fumado mínimo 8 cigarros al día en los últimos 2 años y unos meses y ha sido fantástico.

Pero un momentito. No todo es color de rosas. A veces el cuerpo no da y es aquí donde tienes que poner las cosas en una balanza: o tu salud o el placer. Yo creo que ya fumé suficiente y que ya viví la etapa del cigarrillo. Total si me provoca un cigarro más adelante, me lo fumo y me vale un pepino lo que la gente diga, en fin son mis pulmones.

En este momento tengo una infección pulmonar recontra maleada y realmente no soporto el cigarro así que he decidido dejarlo. De repente incluso dejo el trago y los demás vicios quien sabe. Pero sin darme cuenta ya no me provocan estas cosas más bien me aburren los placeres que me han entretenido los últimos dos años.

Creo que es tiempo de buscar la felicidad en la conversación sin necesidad de prenderme un cigarrillo cada quince minutos. Más que dejarlo esto es un reto: a ver si puedes Negrito.

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