sábado, 7 de agosto de 2010

Disculpas a mi madre

Y es que a pesar de todo somos también algo tranquilos.

Corrían las malas voces que nos adjudicaban drogadictos, maleantes de mala muerte, narcotraficantes del placer. Santiago y Nachola sufrían, aún más, con los veredictos que daban a entender que no éramos más que patanes. Pero por más deseosos que estuviéramos de que todo lo dicho era mentira; todo era vilmente verdad.

Había sido una semana espeluznante: justo empezabamos a llegar todos de viajes con mil y un anécdotas, tropiezos y encuentros, cuentos de amores y pudores que facilitaban una conversación épica. Yo llegué el domingo después de una semana de playa intensa llena de sol y frío a la misma vez, situación claramente punzo cortante. A partir del lunes el dengue por la juerga nos picó a todos y poco a poco a medida que pasaba el día fuimos acumulando temas de conversación para lanzar a la comitiva.

El lunes nos juntamos alumbrados por unos canutos que nos sometieron a una introspección poco común. Fuimos arrebatados de todo nuestra modestia limeña y poco nos importó que pensaran nuestras tristes madres y es que a duras penas lo contamos y fumamos todo. Para mí fue algo espectacular, todos juntos escuchando alguna canción que nos ponía a gustito, una ronda de amigos: un reencuentro.

El martes, todos pensamos que ya había sido suficiente, por lo menos yo creía que ya nos existía una sola gota de estrés en mi cuerpo. Fue todo lo contrario: aquel día fui a trabajar y luego de cinco horas extensas de dedicación solté la cordura y decidí liar un cigarrillo trucado. Fue tanta mi inocencia e ingenuidad que terminé esa noche con incontable vasos de whisky en mí delante. Y luego aquellos pasaron a ser parte de mí ser. Llegamos de día a casa.

El miércoles fue una imitación del lunes. Fluimos ya más de la cuenta, la relajación se convirtió en un estilo de vida. La gente que nos califica es ignorante al nivel de confraternidad que puedes tener con un fiel fumador. Antes lo he dicho, cuando tenía 16 años y solía fumar cigarros pasaba mucho tiempo con Jacobo en San Isidro. Ahora te digo Jacobin: fueron esas conversaciones las cuales me han enseñado bastante en la vida.

El jueves fue increíblemente pesado. Como no es de costumbre abrí el ojo a las 9:30 am. Tomé un rico desayuno salpicado de huevos fritos con tocino y un jugo recién exprimido que me dejó helado. Dejé que la mañana transcurra como aquel cigarrillo sobre el cenicero. Almorcé en casa y luego al llegar mi madre me dio un sermón de varias horas diciéndome lo irresponsable, inmaduro y borracho que era y que debía rápidamente dejar de juntarme con Nachola y Santiago. Sólo atiné a mirarla con cautela, todo pues era verdad. Antiguamente decía nunca quiero madurar…todavía lo pienso.

Por la noche fui a una comida del trabajo en Villa, pensé que todo saldría tranquilo. Al bajar del carro fui saludado por un enorme cono que no hizo más que embrutecerme por unas horas. Al ritmo de unas cervezas heladitas me reí mucho y al notar que ya eran las doce decidí escaparme prematuramente. Lo normal hubiera sido ir a casa pues Mamá estaba preocupada; pero fue lo opuesto, manejé medio virado hacia el centro financiero. Tomé una ruta poco ortodoxa que me costó varios soles pues fui detenido por una redada de policías delincuenciales. Por fin llegué a la casa del futbolista quien estaba de cumpleaños esa madrugada. Continué bebiendo más de la cuenta. Cuando tocaron las dos Nachola y Santiago me encaminaron al carro y volamos a esa discoteca frente al mar (dicho sea de paso no se ve ni medio mar). Nuevamente fui acosada por mil y un vasos de whisky cuales esta vez si me dejaron un poco más que mal.

El viernes me levanté a las cuatro de la tarde, todo un nuevo record. Pensé que ya había sido todo por aquella semana, ya estaba bien culantro toda la situación. Sin embargo, faltaba. No pasó más de media hora cuando el bendito celular sonó. Nos fuimos a matar palomas y fumar canutos (muchos no fumamos) a la Molina: muy loco. Pero por más que me regalaron bastantes pitadas no probé ni una sola. Ya estaba un poco harto. Luego fuimos a la casa de Milkito quien nos regaló varios vasos de vodka que personalmente me mataron. Ya pensando que toda la semana terminaría rápidamente, salió un plan que traté de asediar. Mis intentos fueron demasiados pusilánimes pues la gente en un segundo armó un motín en contra de todos los desanimados y terminamos tristemente afuera de una fiesta de un amigo, menor que nosotros, del colegio. Tristemente y tal como lo predijimos, algunos no entramos. No porque no tratamos; sino, porque tratamos muy poco.

Fue ahí donde la vi. Recostada sobre la puerta de la entrada. Espectacularmente preciosa: como siempre. Me escapé, pues no estoy preparado para afrontar unos de mis más grandes temores su voz. Por ahora sólo no hago más que recordar:


“Pardonne mes lèvres. Elles trouvent la joie dans les endrois les plus inhabituels
Je suis fou de tes lèvres”


Todavía falta el sábado y el domingo que nunca hay que menospreciar. Me queda decir: disculpas madres pues a pesar de todo somos también, de vez en cuando, algo tranquilos

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