Siempre me creí dueño de la verdad, así lo pensaba y la vida me cacheteo. Amé por encima de todo el riesgo, pues creí que si me caí me levantaría mejor que Russell Crowe en el Gladiador. Estaba convencido de que por más grande que sea la factura que me pasase la vida la iba poder costear sin importar mi bolsillo. Estaba vilmente equivocado. Tengo 19 años y la vida me ha jugado ya: una mala pasada que me puede costar muy caro. Es imprescindible tomar al toro por los cuernos y tratarle de ganarle un partido a esta difícil situación.
Las adicciones son como Lima: las amas y las odias. Son eufemismo, ironía, antítesis. Pero terminas odiándolas más que amándolas. Al comienzo piensas que las puedes controlar, que tienes ese vicio en la palma de la mano. Pero al poco tiempo pasas más momentos haciendo del desenfreno una habitualidad.
Fumé mi primer cigarrillo a los 7 años con mi primo que me llevaba 3 años. Calcula que este hijo de puta a los 10 años fumaba como chino en quiebra los cigarros de su abuela que resultó como una segunda madre para él. La situación fue más o menos la siguiente: mi primo se llamaba Alex y habíamos veraneado juntos en Paracas desde que no éramos ni meros pejes. Solíamos construir inmensas naves espaciales con sombrillas y sillas de playa e imaginarnos que vivíamos junto con los Jedis. Sin embargo, ese no es el verdadero meollo del asunto, un verano Alex regresó más enchuchado que nunca. Se creía el rey de los pendejos y yo cual huele pedos le seguía toda la corriente, le copiaba los pasos. Pues, este jijuna-timorata a mi corta edad me estafó empujándome hacia un sucio armario donde sacó unos Marlboro Rojos de la tía Teresa (su abuela). Habrá sido el 98 y en ese entonces si no me equivoco los cigarros eran tres o cuatro veces más fuertes de lo que son ahora, digamos que eran lo equivalentes a un Camel de la Calle de las Pizzas por Miraflores. Metido dentro de esas 3 paredes de adobe y una puerta de un triplay viejo fumé, aspiré bocanadas de humo horrible, viví por primera vez el sabor de la cruel nicotina.
No recuerdo a que me supo esa sustancia tóxica pero seguro me pareció tan fea que no la volví a tocar hasta los 15; donde pensé por un instante, que podía ser Bryce o Sabina o sea fumar pregonando madurez y predicando que el placer no estaba en el tonto trago sino en ese tubo de papel descarado: GRAN IDIOTA. El alcohol produce mil y un más sentimientos que un efímero cigarro. Si te fumas diez cigarros seguidos terminarás con un gran dolor de mitra pero si te tomas diez vasos de whisky vas a acabar con una gran borrachera y probablemente un gran dolor de cabeza pero por lo menos a la mañana siguiente. La cuestión me duró 15 días y volví a dejar el cigarrillo. No recuerdo cómo ni por qué pero lo dejé.
Pasaron dos buenos años y nuevamente me topé con el maldito vicio. No fueron realmente cigarrillos sino recuerdo que fue una noche panameña de noviembre, que junto con un árabe amigo de la infancia, disfruté de unos Café Crème junto con varios rones caribeños marca Abuelo: espectaculares para qué. Regresando a Lima dejé el vicio pero el sabor ya se me había metido en la sangre.
Fuimos: Junior Llanos, Jacobo y yo quienes probamos nuestros primeros verdaderos cigarrillos Lucky Strike Rojos en el techo de una casa San Isidrina. Recuerdo que fueron los golpe de suerte los que me iluminaron esa noche, pues hn sido el mejor tabaco que he probado en mi vida (tampoco es que haya probado muchos). Pero bueno, fue a escondidas de la tía, recuerdo caminar a la pequeña bodega, esa que queda en una callecita por la Calle Dasso, nuestros corazones temblaban como volcanes. Acompañamos el cigarro de una cervecita heladita y fue en este preciso momento que conocí uno de los placeres más grandes de la vida: la mezcla del pucho con el alcohol. Quien opine lo contrario miente o es ignorante. Te lo digo porque he fumado mínimo 8 cigarros al día en los últimos 2 años y unos meses y ha sido fantástico.
Pero un momentito. No todo es color de rosas. A veces el cuerpo no da y es aquí donde tienes que poner las cosas en una balanza: o tu salud o el placer. Yo creo que ya fumé suficiente y que ya viví la etapa del cigarrillo. Total si me provoca un cigarro más adelante, me lo fumo y me vale un pepino lo que la gente diga, en fin son mis pulmones.
En este momento tengo una infección pulmonar recontra maleada y realmente no soporto el cigarro así que he decidido dejarlo. De repente incluso dejo el trago y los demás vicios quien sabe. Pero sin darme cuenta ya no me provocan estas cosas más bien me aburren los placeres que me han entretenido los últimos dos años.
Creo que es tiempo de buscar la felicidad en la conversación sin necesidad de prenderme un cigarrillo cada quince minutos. Más que dejarlo esto es un reto: a ver si puedes Negrito.
miércoles, 18 de agosto de 2010
sábado, 7 de agosto de 2010
Disculpas a mi madre
Y es que a pesar de todo somos también algo tranquilos.
Corrían las malas voces que nos adjudicaban drogadictos, maleantes de mala muerte, narcotraficantes del placer. Santiago y Nachola sufrían, aún más, con los veredictos que daban a entender que no éramos más que patanes. Pero por más deseosos que estuviéramos de que todo lo dicho era mentira; todo era vilmente verdad.
Había sido una semana espeluznante: justo empezabamos a llegar todos de viajes con mil y un anécdotas, tropiezos y encuentros, cuentos de amores y pudores que facilitaban una conversación épica. Yo llegué el domingo después de una semana de playa intensa llena de sol y frío a la misma vez, situación claramente punzo cortante. A partir del lunes el dengue por la juerga nos picó a todos y poco a poco a medida que pasaba el día fuimos acumulando temas de conversación para lanzar a la comitiva.
El lunes nos juntamos alumbrados por unos canutos que nos sometieron a una introspección poco común. Fuimos arrebatados de todo nuestra modestia limeña y poco nos importó que pensaran nuestras tristes madres y es que a duras penas lo contamos y fumamos todo. Para mí fue algo espectacular, todos juntos escuchando alguna canción que nos ponía a gustito, una ronda de amigos: un reencuentro.
El martes, todos pensamos que ya había sido suficiente, por lo menos yo creía que ya nos existía una sola gota de estrés en mi cuerpo. Fue todo lo contrario: aquel día fui a trabajar y luego de cinco horas extensas de dedicación solté la cordura y decidí liar un cigarrillo trucado. Fue tanta mi inocencia e ingenuidad que terminé esa noche con incontable vasos de whisky en mí delante. Y luego aquellos pasaron a ser parte de mí ser. Llegamos de día a casa.
El miércoles fue una imitación del lunes. Fluimos ya más de la cuenta, la relajación se convirtió en un estilo de vida. La gente que nos califica es ignorante al nivel de confraternidad que puedes tener con un fiel fumador. Antes lo he dicho, cuando tenía 16 años y solía fumar cigarros pasaba mucho tiempo con Jacobo en San Isidro. Ahora te digo Jacobin: fueron esas conversaciones las cuales me han enseñado bastante en la vida.
El jueves fue increíblemente pesado. Como no es de costumbre abrí el ojo a las 9:30 am. Tomé un rico desayuno salpicado de huevos fritos con tocino y un jugo recién exprimido que me dejó helado. Dejé que la mañana transcurra como aquel cigarrillo sobre el cenicero. Almorcé en casa y luego al llegar mi madre me dio un sermón de varias horas diciéndome lo irresponsable, inmaduro y borracho que era y que debía rápidamente dejar de juntarme con Nachola y Santiago. Sólo atiné a mirarla con cautela, todo pues era verdad. Antiguamente decía nunca quiero madurar…todavía lo pienso.
Por la noche fui a una comida del trabajo en Villa, pensé que todo saldría tranquilo. Al bajar del carro fui saludado por un enorme cono que no hizo más que embrutecerme por unas horas. Al ritmo de unas cervezas heladitas me reí mucho y al notar que ya eran las doce decidí escaparme prematuramente. Lo normal hubiera sido ir a casa pues Mamá estaba preocupada; pero fue lo opuesto, manejé medio virado hacia el centro financiero. Tomé una ruta poco ortodoxa que me costó varios soles pues fui detenido por una redada de policías delincuenciales. Por fin llegué a la casa del futbolista quien estaba de cumpleaños esa madrugada. Continué bebiendo más de la cuenta. Cuando tocaron las dos Nachola y Santiago me encaminaron al carro y volamos a esa discoteca frente al mar (dicho sea de paso no se ve ni medio mar). Nuevamente fui acosada por mil y un vasos de whisky cuales esta vez si me dejaron un poco más que mal.
El viernes me levanté a las cuatro de la tarde, todo un nuevo record. Pensé que ya había sido todo por aquella semana, ya estaba bien culantro toda la situación. Sin embargo, faltaba. No pasó más de media hora cuando el bendito celular sonó. Nos fuimos a matar palomas y fumar canutos (muchos no fumamos) a la Molina: muy loco. Pero por más que me regalaron bastantes pitadas no probé ni una sola. Ya estaba un poco harto. Luego fuimos a la casa de Milkito quien nos regaló varios vasos de vodka que personalmente me mataron. Ya pensando que toda la semana terminaría rápidamente, salió un plan que traté de asediar. Mis intentos fueron demasiados pusilánimes pues la gente en un segundo armó un motín en contra de todos los desanimados y terminamos tristemente afuera de una fiesta de un amigo, menor que nosotros, del colegio. Tristemente y tal como lo predijimos, algunos no entramos. No porque no tratamos; sino, porque tratamos muy poco.
Fue ahí donde la vi. Recostada sobre la puerta de la entrada. Espectacularmente preciosa: como siempre. Me escapé, pues no estoy preparado para afrontar unos de mis más grandes temores su voz. Por ahora sólo no hago más que recordar:
“Pardonne mes lèvres. Elles trouvent la joie dans les endrois les plus inhabituels
Je suis fou de tes lèvres”
Todavía falta el sábado y el domingo que nunca hay que menospreciar. Me queda decir: disculpas madres pues a pesar de todo somos también, de vez en cuando, algo tranquilos
Corrían las malas voces que nos adjudicaban drogadictos, maleantes de mala muerte, narcotraficantes del placer. Santiago y Nachola sufrían, aún más, con los veredictos que daban a entender que no éramos más que patanes. Pero por más deseosos que estuviéramos de que todo lo dicho era mentira; todo era vilmente verdad.
Había sido una semana espeluznante: justo empezabamos a llegar todos de viajes con mil y un anécdotas, tropiezos y encuentros, cuentos de amores y pudores que facilitaban una conversación épica. Yo llegué el domingo después de una semana de playa intensa llena de sol y frío a la misma vez, situación claramente punzo cortante. A partir del lunes el dengue por la juerga nos picó a todos y poco a poco a medida que pasaba el día fuimos acumulando temas de conversación para lanzar a la comitiva.
El lunes nos juntamos alumbrados por unos canutos que nos sometieron a una introspección poco común. Fuimos arrebatados de todo nuestra modestia limeña y poco nos importó que pensaran nuestras tristes madres y es que a duras penas lo contamos y fumamos todo. Para mí fue algo espectacular, todos juntos escuchando alguna canción que nos ponía a gustito, una ronda de amigos: un reencuentro.
El martes, todos pensamos que ya había sido suficiente, por lo menos yo creía que ya nos existía una sola gota de estrés en mi cuerpo. Fue todo lo contrario: aquel día fui a trabajar y luego de cinco horas extensas de dedicación solté la cordura y decidí liar un cigarrillo trucado. Fue tanta mi inocencia e ingenuidad que terminé esa noche con incontable vasos de whisky en mí delante. Y luego aquellos pasaron a ser parte de mí ser. Llegamos de día a casa.
El miércoles fue una imitación del lunes. Fluimos ya más de la cuenta, la relajación se convirtió en un estilo de vida. La gente que nos califica es ignorante al nivel de confraternidad que puedes tener con un fiel fumador. Antes lo he dicho, cuando tenía 16 años y solía fumar cigarros pasaba mucho tiempo con Jacobo en San Isidro. Ahora te digo Jacobin: fueron esas conversaciones las cuales me han enseñado bastante en la vida.
El jueves fue increíblemente pesado. Como no es de costumbre abrí el ojo a las 9:30 am. Tomé un rico desayuno salpicado de huevos fritos con tocino y un jugo recién exprimido que me dejó helado. Dejé que la mañana transcurra como aquel cigarrillo sobre el cenicero. Almorcé en casa y luego al llegar mi madre me dio un sermón de varias horas diciéndome lo irresponsable, inmaduro y borracho que era y que debía rápidamente dejar de juntarme con Nachola y Santiago. Sólo atiné a mirarla con cautela, todo pues era verdad. Antiguamente decía nunca quiero madurar…todavía lo pienso.
Por la noche fui a una comida del trabajo en Villa, pensé que todo saldría tranquilo. Al bajar del carro fui saludado por un enorme cono que no hizo más que embrutecerme por unas horas. Al ritmo de unas cervezas heladitas me reí mucho y al notar que ya eran las doce decidí escaparme prematuramente. Lo normal hubiera sido ir a casa pues Mamá estaba preocupada; pero fue lo opuesto, manejé medio virado hacia el centro financiero. Tomé una ruta poco ortodoxa que me costó varios soles pues fui detenido por una redada de policías delincuenciales. Por fin llegué a la casa del futbolista quien estaba de cumpleaños esa madrugada. Continué bebiendo más de la cuenta. Cuando tocaron las dos Nachola y Santiago me encaminaron al carro y volamos a esa discoteca frente al mar (dicho sea de paso no se ve ni medio mar). Nuevamente fui acosada por mil y un vasos de whisky cuales esta vez si me dejaron un poco más que mal.
El viernes me levanté a las cuatro de la tarde, todo un nuevo record. Pensé que ya había sido todo por aquella semana, ya estaba bien culantro toda la situación. Sin embargo, faltaba. No pasó más de media hora cuando el bendito celular sonó. Nos fuimos a matar palomas y fumar canutos (muchos no fumamos) a la Molina: muy loco. Pero por más que me regalaron bastantes pitadas no probé ni una sola. Ya estaba un poco harto. Luego fuimos a la casa de Milkito quien nos regaló varios vasos de vodka que personalmente me mataron. Ya pensando que toda la semana terminaría rápidamente, salió un plan que traté de asediar. Mis intentos fueron demasiados pusilánimes pues la gente en un segundo armó un motín en contra de todos los desanimados y terminamos tristemente afuera de una fiesta de un amigo, menor que nosotros, del colegio. Tristemente y tal como lo predijimos, algunos no entramos. No porque no tratamos; sino, porque tratamos muy poco.
Fue ahí donde la vi. Recostada sobre la puerta de la entrada. Espectacularmente preciosa: como siempre. Me escapé, pues no estoy preparado para afrontar unos de mis más grandes temores su voz. Por ahora sólo no hago más que recordar:
“Pardonne mes lèvres. Elles trouvent la joie dans les endrois les plus inhabituels
Je suis fou de tes lèvres”
Todavía falta el sábado y el domingo que nunca hay que menospreciar. Me queda decir: disculpas madres pues a pesar de todo somos también, de vez en cuando, algo tranquilos
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