Eran las 6:30 de la tarde, un viernes, la gente y los patas empezaban a proyectarse la fiesta en la noche. Algunos ya tenían planes, otros fluían con el típico “ya veré que hago”. Santiago, un chico tranquilo, simpático, no muy borrachoso, se encontraba en su casa. Acababa de salir de la universidad.
Llegó, prendió la computadora y dejó que el facebook y chat hagan su magia. Santiago podía ser calificado como aquel limeño que no era muy juerguero pero que jalaba el ojo a cual sea flaca se cruzara en su camino. Camino que para Santiago había sido muy accidentado.
Los nexteles empezaban a timbrar, las mujeres impacientes en sus casas combinaban los trapos que se pondrían esa noche y los hombres se debatían impacientemente cómo terminaría el fin de aquella velada limeña.
Como cualquier hombre que piensa con el mono, todos hubiéramos querido terminar esa madrugada con una flaca entre brazos, susurrándole el floro limeño entre oído y oído, mintiéndole a aquella boca infernal acerca del amor que vilmente sentíamos en ese momento pero que a la mañana siguiente no sería más que un recuerdo vago, motivado por la bebida y la locura.
Sin embargo, Santiago tenía un problema, a él, todo ese rollo que todos los hombres vivimos para manipular a una flaca le era muy difícil. Era un hombre muy enamoradizo, no le podía mentir a una mujer así. Santiago cada vez que terminaba en una circunstancia tal como la descrita acababa por enamorarse.
Grave problema, ¿o no chicos? Hay que ser macho dirán algunos, las mujeres no valen la pena, el amor es sólo un sentimiento pasajero, somos muy jóvenes para estar pensando en esas idioteces. Y millones de excusas más que, yo, al hablar con Santiago terminé por descartar sin duda alguna. Concluí, que Santiago era el amante perfecto, el idealizador maldito, aquel que se las juega todas por las más feas.
“Como quisiera recorrer esos labios. Coger cada palabra de esa morena y guardarla en mis bolsillos. Fumarme su aliento y su perfume. Vivir en aquella mirada por lo menos una tarde. Perderme en esas curvas del mal salvo más que una noche. Tonear hasta el amanecer y cantar con ella hasta que mis cuerdas vocales estén tan tensas que requiera una operación por amigdalitis. Soñar con ese pelo y hundirme él tal como lo hacía yo en el de mi madre cuando era pequeño”
Después de escuchar las palabras de Santiago me quedé cojudo. No veía más que locura total entre tanto extremismo. Me quedé callado y solitario, aquella noche de juerga entre vasos de ron recostado frente a la barra de una discoteca limeña pude absorber las palabras de mi amigo y pude finalmente encontrar un ápice de cordura entre tanta locura.
Fieles hombres: ¿quién de nosotros no hemos deseado a una mujer así? ¿Cuántos no hemos estado dispuestos a dar todo por pescarnos a esa flaca que se nos cruza en la universidad, jalarla, llevarla a atrás de ese árbol donde probamos nuestro primer porro y desnudarla de todo sur orgullo con nuestro floro limeño.
Esa tarde viernesina, como a las 6:30, podría prometerle al lector con mucha firmeza que todos los hombres pensábamos, al igual que Santiago, las mil y un formas de perdernos entre los senos de una mujer.
jueves, 11 de febrero de 2010
lunes, 1 de febrero de 2010
El honor se lleva en el corazón
Han pasado ya 19 años desde que llegue a este mundo llamado Lima, único en su especie, una sociedad marginalista, aquella llena de cucufaterías, víctima insensata del “qué dirán”. La vida para algunos, en esta ciudad, ha sido perfección, una risa interminable.
A ellos los felicito, antiguamente los envidiaba, los deseaba. Tal vez esa era la maldita causa de todas mis obsesiones, mis malos modales, mis rebeldías y mis miedos: la envidia y el deseo de ser como otros. Sin embargo, hoy, después de casi dos décadas de vida he llegado a la gran conclusión acerca de la felicidad en el paso por esta ciudad. Por ello, le doy gracias a esta geografía, tan dura y áspera como la cachetada de una madre, y GRACIAS porque después de las millones de pruebas que me ha impuesto el infierno limeño, después de las infinitas caídas de las cuales no me supe parar, de los dolores mentales; hoy con mucha paz de mente afirmo: “soy libre”. Libre de palabras ajenas, de envidias y del sufrimiento ajeno.
El aprendizaje ha sido lo contrario a lo fácil, chica quedará por siempre la palabra difícil. Me aferraré por un momento de la empatía y trataré de explicarles a aquellos seres que se encuentren cabizbajos, en un momento de dolor y espero que a través de mis palabras puedan encontrar un escape.
Y es así que todo comienza:
Mi familia por parte de madre fue muy adinerada; mi abuelo fue médico general de policía en los años 50 y un gran hacendado heredero de numerosas tierras en el norte peruano. No obstante, al morir, el “imperio” cayó. Lo que antaño fue color de rosa, la muerte se encargo de marchitar. 6 hijos fueron producto del matrimonio de mi abuelo y 5 de ellos no pudieron soportar la furia de su muerte, cayeron junto con él, víctimas de las drogas y las locuras se sucumbieron en un luto que, hasta hoy en día, los engloba 50 años más tarde.
A mi madre también se le vino abajo el mundo aquel día. Era la preferida del abuelo. Juntos tomaban Coca Cola hasta el anochecer en su pequeño consultorio, dentro de la casa, donde él le explico las dificultades de esta vida. Le contó que seguía casado con su madre por el simple hecho de que él no tenía la valentía de divorciarse. Le contó, también lo difícil que era para él ver a sus hijos no obtener nada en la vida por mérito propio por culpa suya, ya que toda la vida se esmeró por hacer que las cosas les cayesen del cielo a sus hijos.
Mi madre tenía 13 años y se enteró de todo esto sentado frente a mi abuelo. Hoy en día me lo cuenta con lágrimas en los ojos, con la madurez de una mujer de 50 años que a los 17 cargó en la espalda una familia entera, huérfana de padre, y ella, a pesar de la gran carga salió adelante. Fueron esas tardes, las lecciones de vida más importantes.
Muchas veces creemos que las aulas, se encuentran dentro del colegio y olvidamos inexorablemente que la vida es nuestra gran aula y que los maestros somos nosotros mismos.
Finalmente, les resumiré mi enseñanza de vida: Comiencen, nunca, lamentando sus errores; más bien aprendiendo de ellos. Olvidando tampoco sus raíces, mi madre nunca tuvo la plata para ponerme en un colegio como en el que estuve, pero eso no impidió que se endeudara por sus hijos. Y mi padre tras haber perdido el trabajo a los 50 años comenzó desde cero nuevamente, mi madre se puso a estudiar, a trabajar y juntos a luchar para que la familia saliera a adelante.
Es imprescindible saber de donde vienen y adonde se dirigen. Nunca practiquen la envidia. No le tengan miedo ni vergüenza a nada: sólo a la mentira y al robo. Defiendan su punto de vista con cuerpo y alma así signifique la muerte. Nunca sucumban a la tentación del exceso.
Soy pésimo consejero, mas todo esto lo he vivido en carne propia. He vivido las decepciones de un amigo, del odio, de las drogas, el alcohol, la maldad, el pasado y mis propios errores que me han costado numerosa lágrimas. Y he sufrido por todo ello. Pero ya no. No me importará nunca jamás lo que piensen u opinen de mí, los antecedentes que me marquen quedarán en la boca del que las repita. Y los que verdaderamente me quieran y me conozcan, conocerán y entenderán mi capacidad de amar, de convicción y de amistad.
Les regalo como última reflexión las palabras de mi madre: “El honor no se obtiene con un reconocimiento, ni con un abrazo y menos con orgullo de los demás. Uno es el arquitecto de su vida, uno sabe muy bien quién es y sólo se llega a dar cuenta cuando nota que el honor, uno, lo lleva en el corazón”.
“Soy el maestro de mi destino
Soy el capitán de mi alma”
Henley
Te prometo madre nunca detenerme a pensar en “el qué dirán” y a llevar siempre el honor en mi corazón.
A ellos los felicito, antiguamente los envidiaba, los deseaba. Tal vez esa era la maldita causa de todas mis obsesiones, mis malos modales, mis rebeldías y mis miedos: la envidia y el deseo de ser como otros. Sin embargo, hoy, después de casi dos décadas de vida he llegado a la gran conclusión acerca de la felicidad en el paso por esta ciudad. Por ello, le doy gracias a esta geografía, tan dura y áspera como la cachetada de una madre, y GRACIAS porque después de las millones de pruebas que me ha impuesto el infierno limeño, después de las infinitas caídas de las cuales no me supe parar, de los dolores mentales; hoy con mucha paz de mente afirmo: “soy libre”. Libre de palabras ajenas, de envidias y del sufrimiento ajeno.
El aprendizaje ha sido lo contrario a lo fácil, chica quedará por siempre la palabra difícil. Me aferraré por un momento de la empatía y trataré de explicarles a aquellos seres que se encuentren cabizbajos, en un momento de dolor y espero que a través de mis palabras puedan encontrar un escape.
Y es así que todo comienza:
Mi familia por parte de madre fue muy adinerada; mi abuelo fue médico general de policía en los años 50 y un gran hacendado heredero de numerosas tierras en el norte peruano. No obstante, al morir, el “imperio” cayó. Lo que antaño fue color de rosa, la muerte se encargo de marchitar. 6 hijos fueron producto del matrimonio de mi abuelo y 5 de ellos no pudieron soportar la furia de su muerte, cayeron junto con él, víctimas de las drogas y las locuras se sucumbieron en un luto que, hasta hoy en día, los engloba 50 años más tarde.
A mi madre también se le vino abajo el mundo aquel día. Era la preferida del abuelo. Juntos tomaban Coca Cola hasta el anochecer en su pequeño consultorio, dentro de la casa, donde él le explico las dificultades de esta vida. Le contó que seguía casado con su madre por el simple hecho de que él no tenía la valentía de divorciarse. Le contó, también lo difícil que era para él ver a sus hijos no obtener nada en la vida por mérito propio por culpa suya, ya que toda la vida se esmeró por hacer que las cosas les cayesen del cielo a sus hijos.
Mi madre tenía 13 años y se enteró de todo esto sentado frente a mi abuelo. Hoy en día me lo cuenta con lágrimas en los ojos, con la madurez de una mujer de 50 años que a los 17 cargó en la espalda una familia entera, huérfana de padre, y ella, a pesar de la gran carga salió adelante. Fueron esas tardes, las lecciones de vida más importantes.
Muchas veces creemos que las aulas, se encuentran dentro del colegio y olvidamos inexorablemente que la vida es nuestra gran aula y que los maestros somos nosotros mismos.
Finalmente, les resumiré mi enseñanza de vida: Comiencen, nunca, lamentando sus errores; más bien aprendiendo de ellos. Olvidando tampoco sus raíces, mi madre nunca tuvo la plata para ponerme en un colegio como en el que estuve, pero eso no impidió que se endeudara por sus hijos. Y mi padre tras haber perdido el trabajo a los 50 años comenzó desde cero nuevamente, mi madre se puso a estudiar, a trabajar y juntos a luchar para que la familia saliera a adelante.
Es imprescindible saber de donde vienen y adonde se dirigen. Nunca practiquen la envidia. No le tengan miedo ni vergüenza a nada: sólo a la mentira y al robo. Defiendan su punto de vista con cuerpo y alma así signifique la muerte. Nunca sucumban a la tentación del exceso.
Soy pésimo consejero, mas todo esto lo he vivido en carne propia. He vivido las decepciones de un amigo, del odio, de las drogas, el alcohol, la maldad, el pasado y mis propios errores que me han costado numerosa lágrimas. Y he sufrido por todo ello. Pero ya no. No me importará nunca jamás lo que piensen u opinen de mí, los antecedentes que me marquen quedarán en la boca del que las repita. Y los que verdaderamente me quieran y me conozcan, conocerán y entenderán mi capacidad de amar, de convicción y de amistad.
Les regalo como última reflexión las palabras de mi madre: “El honor no se obtiene con un reconocimiento, ni con un abrazo y menos con orgullo de los demás. Uno es el arquitecto de su vida, uno sabe muy bien quién es y sólo se llega a dar cuenta cuando nota que el honor, uno, lo lleva en el corazón”.
“Soy el maestro de mi destino
Soy el capitán de mi alma”
Henley
Te prometo madre nunca detenerme a pensar en “el qué dirán” y a llevar siempre el honor en mi corazón.
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