La pista es tamizada por tonos ocres que oscilan constantemente sobre los postes sureños. De negro puro esta manchado el cielo que asombra con su vasta infinidad. Respirar esta atmósfera vuelve feliz al más depresivo.
El viejo conduce la vieja camioneta Nissan, solitario, con un cigarrillo entre anular e índice. Esa misma mano apoyada sobre la luna salpicada por puntos de lodo. Es un Lucky Light ya que el rojo sólo deja fumarse hasta que uno tiene cuarenta. Posa su mano áspera sobre aquel felpudo voluminoso que cubre su cara, frota con su mano derecha esos surcos blanquecinos que abundan sobres su papada. Tiene la nariz de un pez espada, larga y jocosa: preparada para un justo combate.
En la radio suena una vieja canción de Cat Stevens, que amenaza con endulzar hasta el oído de un sordo:
“estoy siendo seguido por la sombra de una luna,
luna sombra,
sombra de luna”
¡Jaja! Me río mientras relato pues, al viejo le encantan esas mariconadas. ¿Y qué? A mi también.
Sonríe mientras maneja por la infinita Panamericana Sur. Atraviesa valles fértiles que antaño fueron expropiados por el General Juan Velasco Alvarado, hectáreas de uva, algodón y palta a diestra y siniestra: “¡malditos sean los Velasquistas!”.
Su estomago reposa sobre ese timón envejecido y cuarteado debido al contacto con sus manos. Aspira bocanadas de humo que escapan rápidamente por las ventanas. Cruza Cañete, Chincha y Pisco. La noche empieza a helar y el desierto empieza exhalar el calor acumulado en el día hacia la amplia noche. Amarra bien sobre su pecho la casaca azul de camionero. Su intestino se retuerce, provoca retortijones: siente hambre. Es tarde debe parar por un café y algo de comer. Ica está a 23 km. Opta por el cafetín de chóferes plantado sobre la autopista, es primera vez que va y sueña con un café que le sepa a oro caliente, rubio y diluido.
Continúa…a lo lejos divisa entre suspiros de humo una luz que lo tienta, invita y acoge. El cafetín lo ahueyta. Disminuye la velocidad, bota la colilla y gira en dirección al mar, hacia donde el sol se pone. Levanta el freno de mano, apaga el carro, baja y estira las piernas. Duda en ponerle seguro a la puerta.
Al cruzar el umbral de Don Rafo una mujer morena le sonríe apoyando sus manos en el mostrador, “desea algo caliente para beber”, le musita la mujer de manos anchas.
Pide un café pero recuerda su estómago vigoroso y a cuatro pasos largos ve unos sándwiches de aceituna que le llaman la atención desde una vitrina rajada. Se le hace agua la boca al pensar en los jugos violáceos de ese pan deshaciéndose entre lengua y muelas.
“Me daría un pan con aceituna”, dice. La negra se lo entrega, previo intercambio de 3 soles y el viejo, peje barbudo, sonríe. Se sienta a un lado del cafetín y bebe el café tranquilo, echándole dos cucharadas de azúcar, desenvainando su nariz para olfatear eso olores de amargo canela, y mirando de reojo a la negra cuyo color guarda semejanza con el café. Después de unos breves sorbos se empieza a calentar. Se retira la ancha casaca, mira por el umbral su camioneta. Sus ojos seguros la cuidan.
Con gran hidalguía muerde el pan, hay gallardía en esa mandíbula.
Pero termina encontrándose con la no grata sorpresa de una docena de pepas que amenazan con romperle los colmillos. Se acerca a la mulata, que lo ve doliente. El hombre le exige una explicación. La morena lo mira sorprendida, “es que así los hacemos aquí señor”
Furioso y apunto de gritarle el alma a la pobre mujer, abre la boca a punto de soltar un grosería…pero piensa y le dice, “Le prometo Sra. que si le quitara las pepas a esta divina fruta, se ganaría el premio del mejor pan con aceituna de todo el litoral sur”.
La negra lo mira. Al principio está atónita, trastornada y luego sonríe. “Le voy a decir mi esposo”.
╪
Vuelve a ser de noche. Han pasado diez días. De nuevo se encuentra dominado por el espacio negro que le regala la noche sureña. Su estómago, como siempre, ya le esta jugando malas pasadas. Divisa el cafetín. Cruza el umbral. Ya no está la negra, sino Don Rafo. Pide lo mismo de siempre. Tiene esperanza. Muerde. Diente y diente se encuentran con pequeñas rocas. Baja la cabeza y maldice.
Se acerca donde Don Rafo. Le tiene miedo a esa panza, que sugiere una vida bien vivida, y a sus ojos, que punzan inyectados de Pisco. El hombre se arma de valor y le dice en medio de la noche y bajo la luna que entra por las ventanas y con los demás hombres ahí congregados, “Sr. Rafo le prometo que si le quitara las pepas a su pan con aceituna usted tendría la alegría de vender el mejor pan del sur.
Don Rafo, recostado sobre la barra fija, ríe, sus ojos en los del hombre. Luego dice con voz trastocada por el alcohol, “escúcheme bien joven hace 35 años que servimos pan con aceituna y pepas. Si no le gusta al costado está la bodega de doña Elvira donde pueda comprar un paquete de galletas y una Coca Cola”.
Desvencijado cruza por última vez el umbral.
De nuevo está incorporado en el asiento del conductor. Mira como las luces pasan. Como diminutos especimenes por las ventanas de la camioneta, que se pierden en el pasado.
El viejo hombre, mi padre, se musita, “de ahí los escritores como Vargas Llosa tiene la concha de preguntar en que momento se jodió el Perú”.
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