lunes, 12 de julio de 2010

Hoja en blanco y una panza de burro

Una hoja en blanco se te acerca…se me acerca. Mil y un maneras de abordarla. Es un desafío. No dudo en aceptarlo. Es como aquella mujer que te mira de reojo, te guiña detrás de ese vaso de aquel alcohol dulce. Hay que volcarle el alma a esa hoja desnuda. Hace frío en lima y no titubeo con el exceso de polares, guantes o chullos. Son tiempos helados que osan con cortarte los huesos, son vientos fríos que rozan nuestros oídos.

A veces pienso que debería bajar de peso, comer mejor, dejar el cigarrillo, dejar por un tiempo el trago: vivir una vida sana. Pero saco la cuenta de todos los últimos momentos en los que la he pasado bien; pues, iba siempre ligeramente acompañado de una fría cerveza y un cigarrillo apestoso en mano. ¿Triste? Yo no me la creo. Creo por tanto, que la sonsa sociedad me está metiendo el dedo entre las nalgas debidamente envaselinado. Comencemos entonces a eliminar estos pensamientos autodestructivos y disfrutemos de un hermoso asado un domingo, terminemos digiriendo con un Pisco fuerte, calentémonos con un amargo café, y dirijámonos al trono sin poder terminar de aspirar el pobre pucho, que queda solitario en el cenicero.

Lima se teje sobre esa niebla que la envuelve hermosamente: panza de burro. Las noches se tornan más largas y el sol es cada vez más escaso. Se escucha por doquier una frase a secas: que vaina es este maldito invierno. Pues, pienso hacer de la vaina una aventura.

Me gusta este clima tan maldecido por mis conciudadanos. Las mujeres andan en botas y vestidos largos pronunciando, algunas veces, las perfectas curvas. El frío se convierte en la perfecta coartada para tapar la indomable huata con cual sea trapo. Como dije, el exceso de ropa es esencial durante esta salvaje temporada.

Por más que algunos maldigan la estación en la que estamos tristemente envueltos. Felicitó a algunos de mis amigos por exceder las expectativas propuestas por los demás. No sólo han mostrado que pueden; sino, que lo han hecho a su manera: cantando, fumando, durmiendo, descansando. Se convirtieron en verdaderos incomprendidos que finalmente tuvimos que comprender porque produjeron mejores cosas que nosotros. Cuando ellos tuvieron la hoja en blanco en frente escribieron un ensayo digno de publicación. Entre ellos destaco al grupo Santa María del Mar, que demostró que la música es muchas veces el camino alternativo a la comprensión, y a Jacobin, que a duras penas se nos aleja en septiembre. No le diré que se cuide, ni adiós, ni te voy a extrañar porque todas esas palabras suenan demasiados apocalípticas a los diecinueve años. Más bien: nos vemos en un toque cholo.

Acurrucarse en la cama se vuelve un placer pecaminoso. Los huecos en las medias ya no son un lugar para el desfogue sino una fuga de calor que amenaza con jugarnos una mala pasada. Los cafecitos por la tarde, al igual que un cigarrillo (compañeros entrañables), son un mal indispensable.

El frío es el mejor pretexto para que los besos y los abrazos duren horas sino días. Uno puede sentirse nuevamente de diez excelentes años; me envuelvo en las sabanas de mis viejos, sueño bajo ese infinito edredón. Bajo la cama se aprecia otro mundo. Recibo caricias en la cabeza y en el cuello: vuelvo a ser ese pequeño niño.

Escribir vuelve a ser placentero en estas vacaciones heladas, donde la rutina queda guardada en ese cajón que no volverás a ver en por lo menos cuatro semanas. El frío se vuelve un colmo: duele y consola.

Recordemos que esta época será siempre buen motivo para buscar calor.